sábado, 18 de marzo de 2017

Isabel Domínguez “Chichi” y su “Tocino” al cielo

Grazalema es un lugar donde la vida cotidiana transcurre sin ruidos, alterado a veces por las risas de los niños o por el bullicio de los visitantes de los fines de semanas, pero el último fue distinto. El pueblo estaba en silencio absoluto, solo roto por el tañido de las campanas de la Parroquia de Nuestra Señora de la Encarnación, anunciando la partida de una de nuestras vecinas más querida. 

Isabel Domínguez Triano, conocida cariñosamente como Chichi, era una mujer amable, noble, cariñosa, generosa, discreta, buena... No lo decimos porque se haya marchado, más bien por lo que hemos observado durante su vida. Ser buena esposa y madre, se puede pensar que es fácil; ser buena amiga, en ocasiones se consigue; pero las muestras de afecto obedecían a mucho más que a ese entorno. Se respiraba respeto, cariño, gratitud… a la mujer, que además del zaguán accesible como es tradicional en las casas grazalemeñas, tenía sus puertas abiertas para quien llamara o la necesitara. De su boca no salió nunca una sola palabra en ese sentido, sin embargo sí nos lo han contado las personas agradecidas. 
A estas alturas, quizás os habréis extrañado que no estemos escribiendo sobre gastronomía. Por supuesto que sí, tiene que ver y mucho. Ahora vamos a explicarlo. Al entrar en casa de Chichi y de Fernando Campuzano (su marido) nos recibían los aromas a sus guisos, cocidos, croquetas o postres… ¡Qué rica poleá, preparaba! Ella con una dulce sonrisa te daba paso a su salita, pero donde más cómodas nos hemos sentido, sin duda era en su maravillosa cocina de casa antigua, de esas que cualquier aficionado a estos menesteres siente admiración como es nuestro caso. Espaciosa, con una amplia encimera de ladrillos rojizos, al estilo del siglo pasado donde se ubicaban los fogones. Al fondo la alacena, su puerta entreabierta dejaba ver los brillantes cazos, ollas, cacerolas y otros utensilios propios. En la derecha una gran mesa de trabajo, con su peso antiguo, sus frutas, mortero... A la izquierda una puerta hacía un patio lleno de plantas con escaleras de piedra que te llevan a un torreón almenado, donde las vistas del pueblo y de la Sierra son espectaculares. Cuántas veces le hemos pedido el favor, de que se lo mostrara a familiares y amigos, jamás dijo que no, al revés, sin pensarlo ni un solo instante, accedía de inmediato a nuestras pretensiones.

Cuando se enteró que presentaba el libro en la Excma. Diputación de Cádiz, enseguida se apresuró a ofrecerme: lebrillos de barro, cestos de mimbre, calderos de cobre y cuantos utensilios atinaba a encontrar para el evento.

Conociendo mi pasión por la cocina tradicional, un día me hizo un maravilloso regalo: una copia del cuaderno manuscrito de su familia. En él se recogen las recetas de las mujeres de la casa con más de un siglo de historia. Un auténtico tesoro.
Tengo que contar algo más, el libro Cádiz, una provincia para comérsela. Recorrido por sus tradiciones culinarias, no hubiese sido lo mismo sin su Tocino de cielo, el más rico de todos los caseros que hemos probado. En un gesto más de generosidad nos dio y nos enseñó a hacer la receta y nos permitió fotografiar el paso a paso en su cálido hogar.

Chichi una cocinera de casa, de tantas que no necesitan que se les otorguen estrellas de publicaciones del mundo. Ella y su tocino de cielo, ya tienen todas las estrellas del universo.

Siempre estarás en nuestro corazón.

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